lunes, 14 de marzo de 2011

Tractatus logico-philosophicus

En general, esta obra se caracteriza por su congruencia interna, sus definiciones claras e interconectadas entre sí, y la explicitación de los límites del lenguaje, del pensamiento y del mundo; es una obra unitaria en tanto que no reconoce mayor antecedente que las obras de Frege y Russell siendo así una expresión clara del pensamiento de Wittgenstein.
Mediante esta obra, Wittgenstein busca dar solución a los problemas filosóficos, a partir de esclarecer la aparentemente compleja relación entre pensamiento, mundo y lenguaje, haciendo especial énfasis en el lenguaje como sitio incomprendido de error o bien como ámbito de certeza e incluso de verdad. Así pues plantea que “estos problemas descansan en a incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje”. Por ello, tiene como objetivo la claridad en el uso del lenguaje, lo cual está ligado al uso lógico del lenguaje, pues es en ‘lo dicho’ y no en ‘lo pensado’ donde es factible trazar un límite.
Wittgenstein define cada término relacional del tratado dando así congruencia a su texto. Además contrasta los diferentes elementos dependiendo del nivel de análisis al que pertenezcan o al ámbito en el que se hallen, como los signos simples y compuestos, o la sustancia y la configuración.
Comienza por definir lógicamente al mundo como “todo lo que es el caso”, que a su vez es equiparable a “totalidad de los hechos”. Esta definición positiva del mundo tiene restricciones, pues contrasta las cosas del mundo y los hechos del mundo. En ese sentido, si “la totalidad de los hechos determina lo que es el caso y también cuanto no es el caso”, habrá entonces en el mundo, desde la lógica del lenguaje, una propiedad analítica o atómica respecto a los hechos, como ya lo apunta el autor, “algo puede ser el caso o no ser el caso, y todo lo demás permanecer igual”. Lo anterior no apunta a una independencia absoluta, ya que aunque es necesario conocer los objetos internamente, pues en ellos están las posibilidades de aparecer en un estado de cosas, no podemos “representarnos objeto alguno fuera de la posibilidad de su conexión con otros”.
El que “los objetos forman la sustancia del mundo”, y son simples resulta importante respecto al mundo, pues detiene el análisis al infinito de las proposiciones dando así estabilidad a la figura del mundo, que no depende de otra figura para saber si es verdadera o falsa. Por ello, los objetos son condición necesaria para que haya forma fija del mundo.
Wittgenstein une la existencia y la esencia mediante la forma como categoría integradora, pues de lo que podemos hablar es de las relaciones.
Mientras, en el objeto reside la posibilidad del estado de cosas, la totalidad de estados de cosas es el mundo, y la realidad comprende hechos negativos y positivos, ya sea que el objeto se dé o no en un estado de cosas. “La figura es un hecho”, y “consiste en que sus elementos se relacionan de un modo y manera determinados”. De ahí, que su forma sea la posibilidad de interrelación, y que el único criterio de verdad de la figura sea la confrontación con la realidad.
Wittgenstein muestra el paralelismo lógico que hay entre el pensamiento y el lenguaje, pues “no podríamos pensar nada ilógico, porque de lo contrario tendríamos que pensar ilógicamente”, además de que el lenguaje no puede representar algo ilógico. Así que “la figura lógica de los hechos es el pensamiento”.
Respecto a la relación de correspondencia entre lo pensado y lo dicho, es decir, objetos del pensamiento y elementos del signo proposicional, Wittgenstein abunda sobre la representación del pensamiento en el lenguaje mediante el signo sensoperceptivo de la proposición, que a diferencia de los nombres que son signos precisos y primitivos, es una proyección del pensamiento, y es un hecho.
La siguiente tabla contiene la comparación entre nombres y proposiciones. Cabe resaltar que las propiedades del nombre no están en relación uno a uno con la proposición, de hecho es esta caracterización lo que sustenta que las proposiciones sean relevante para la lógica del pensamiento, mientras que los nombres no, como ya Wittgenstein obvia su estructura.
Esto trae de nueva cuenta la relación entre la realidad y el lenguaje, pues un objeto no puede ser expresado mediante el lenguaje, sino sólo descrito. Esto nos remite a la diferencia entre las cosas y los hechos, ya que solamente la totalidad de estos últimos es el mundo.
Al inicio de este trabajo se menciona que el objetivo del Tractatus es clarificar el uso del lenguaje, esto se debe a las ambigüedades o polisemia de una sola palabra en el lenguaje ordinario, que a su vez promueven confusiones filosóficas.
Wittgenstein propone, como solución a esto, el uso de una gramática lógica en la que el significado del signo es irrelevante, en vista de lo siguiente.
Puede que un modo peculiar de designación carezca de importancia, pero siempre es importante que se trate de un posible modo de designación. Y así sucede siempre en filosofía: lo individual se revela una y otra vez como no importante, pero la posibilidad de cada singular nos procura una ilustración sobre la esencia del mundo.
Aunque más claro, unívoco y semánticamente independiente, un lenguaje lógico guarda una dimensión común con el lenguaje ordinario, la cual permite traducir cualquier proposición lógica mediante definiciones. “Lo único que importa es formar un sistema de signos de un determinado número de dimensiones de una multiplicidad matemática determinada”, y no infinitamente variable como la del lenguaje ordinario.
Además de la polisemia y ambigüedad del lenguaje ordinario, la principal característica que señala Wittgenstein es que su lógica no es inmediata al ser humano, ya que es complejo y convencional. Asumiendo lo anterior, los profundos problemas filosóficos serían sólo seudoproblemas, es decir, no serían problemas.
El sentido de una proposición es independiente del valor veritativo, puesto que una proposición sólo es falso o verdadero, si es o no el caso, pero su sentido refiere a la misma realidad. Esto trae como consecuencia que la ciencia tenga por tarea el determinar el valor veritativo de las proposiciones, mientras que la filosofía se encarga, en este entendido, de clarificar las proposiciones mediante a lógica, con lo que delimita y de forma a os pensamientos. Esto es que “la lógica no es una teoría sino una figura especular del mundo”.
Una proposición puede determinar la realidad al poner límites en ella, pues su sentido depende de la coincidencia con la realidad, no así la tautología que permite un infinito de posibles estados de cosas, ni la contradicción que cancela toda posibilidad de estado de cosas. Así que ambas carecen de sentido.
Dado que el valor veritativo conecta a la proposición con la realidad, “la forma general de la proposición es: las cosas se comportan de tal y tal modo”, o dicho de otra forma “la forma general de la proposición es una variable”.
Del valor veritativo de una proposición, es decir, “del darse efectivo de un estado de cosas cualquiera [,] no se puede, en modo alguno, deducir el darse efectivo de otro enteramente distinto”, por lo que la causalidad no está justificada internamente, cabe aclarar que “la certeza de la deducción lógica es un caso límite de la probabilidad”, entendiendo ‘límite’ como el extremo al que se aproximan las variables.
Lo anterior, en referencia a la libertad, se traduce en que las “acciones futuras no pueden conocerse ahora”, y en referencia a las leyes de la naturaleza, como circunstancias conocidas, “no confieren a la ocurrencia de un evento más probabilidad que a la ocurrencia de otro”. La deducción lógica “no caracteriza el sentido de la proposición”, pues el sentido de una proposición está en que coincida con la realidad, esto es que se dé el caso. Entendemos, entonces, que “las funciones veritativas no son funciones materiales”.
La expresión de la proposición no determina el mundo, entendido como la totalidad de lo que es el caso, pues “está antes de toda experiencia –de que algo es así. Está antes del cómo, no antes del qué”. Al expresar el ser, se ubican entre las tautologías con lo que “muestra[n] las propiedades formales –lógicas– del lenguaje, del mundo”, en vista de la estructura interna de las proposiciones.
“Está claro que todo cuanto puede siquiera decirse de antemano sobre la forma de todas las proposiciones debe poder decirse de una vez”. Con esto se clarifica la diferencia entre el juego de las proposiciones en la lógica (operaciones, demostraciones) y el juego de sentidos de las proposiciones con el mundo. La necesidad no sale del interior lógico del lenguaje: “no hay necesidad por la que algo tenga que ocurrir porque otra cosa haya ocurrido”.
El enigma trasciende al mundo, por lo que no es hecho, es decir, no existe, es trascendental.

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